“Normas” en las relaciones de pareja.

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Más veces de lo que muchos pensáis, me encuentro con parejas que se quejan de las limitaciones que el otro miembro de la pareja plantea dentro de la relación. De modo que de ahí surgió la idea para este post.

Cuando iniciamos una relación, se supone que ambos dos estamos en ella libremente. Lo cual significa que dentro de una relación estamos circunstancialmente CONDICIONADOS por las “normas” que marcan la relación en sí. Es decir, aquellas a las que nosotros llegamos de mutuo acuerdo y de forma progresiva a medida que vamos creciendo como pareja.

Como estas “normas” se van estableciendo a medida que la relación de pareja se consolida, que yo piense que mi pareja me limita significa (para mí) que yo no tengo poder de decisión, que es el otro quien me impone una norma y yo no tengo más remedio que aceptarla. Y esto no es así. De hecho, ¿qué pruebas tenemos que nos demuestren que, objetivamente, mi pareja me limita? Decir que el otro se enfada si hago tal o hago cual no significa que sean pruebas, sino que al otro le molestan determinados comportamientos míos, de la misma forma que a mi me molestan otros por su parte.

Decir que mi pareja me limita es echarle la culpa de que yo no “pueda” hacer determinadas actividades.  Y esto es erróneo .Estas son algunas de las argumentaciones:

                Dentro de mi relación, yo hago mi vida, es decir, la vida que he decidido tener con esta persona, y si en un momento determinado, mi pareja me pide que yo renuncie a alguna actividad, yo SIEMPRE tengo la última palabra: voy / no voy.  Efectivamente si, VOLUNTARIAMENTE, decido aceptar la petición que me ha hecho mi pareja, yo soy el responsable. Pero decir que el otro me limita es hacer atribuciones incorrectas. Si yo le echo la culpa al otro, siempre puedo hacerle sentir mal por una decisión que YO HE TOMADO. Y este es un comportamiento agresivo y poco funcional, por supuesto.

De modo que YO y sólo yo, soy el responsable (y por lo tanto, consecuente) último de toda acción que inicio.

                Por otro lado podría decir: “claro…y si no lo hago, se enfada”. Bueno…es probable que se enfade, pero….vas a hacer TODO lo que el otro quiera para que así no se enfade nunca? O en otras ocasiones sí vas a desafiar a su enfado? Cuál es la norma que vas a seguir?

                El respeto dentro de la relación hacia las decisiones que el otro tome debe ser activo. El respeto, la confianza, la complicidad y la comunicación son necesarias. Para que una relación funcione, el amor es necesario, pero no suficiente.

Pilar Solana Muñoz. Psicóloga Clínica.

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Photo credit: wtl photography / Foter.com / CC BY-ND

Discusiones en la pareja.

nattu / Art Photos / CC BY

Como ya hemos ido comentando en otros posts, las discusiones en pareja son normales, y son necesarias, sobre todos aquellas que se consideran funcionales, es decir, que tienen un objetivo: solucionar.

Pero hay otras ocasiones, tal vez más de las que nos gustaría, que las dicusiones se convierten en verdaderas «batallas campales» en el salón de casa (o allí donde la pareja se encuentre). Es a ese tipo de discusiones a las que me gustaría hacer referencia: a las escaladas aversivas.

Aquellas en las que uno de los miembros de la pareja empieza a hablar, el otro no lo escucha y le corta en cuandto puede, a su vez el primero sube el volumen para sentirse escuchado, pero el otro, de nuevo, sigue subiendo el tono y ya ninguno de los dos está escuchando. Cada vez sube más el volumen de la discusión y cada vez se escuchan menos, sólo están centrados en su monólogo interno, donde están buscando los «es que tú», «pues mira que tú»…

Pues bien, en esos momentos en los que sólo estamos buscando en nuestros archivos internos para reprocharnos aspectos negativos del otro, y donde sólo vamos a terminar diciendo y escuchando cosas que causarán dolor, y desde luego, no vamos a solucionar, negociar, pactar, resolver, crecer… STOP.

¿Qué hacer en esos momento? Esto no es fácil, pero quién dijo que lo fuera…? Lo inteligente ahí es parar la escalada. Pero, ¿cómo?… previamente pactado por la pareja, habría que establecer una señal, no verbal a ser posible, para que en el momento en que se empiece a disparar la situación, uno de los dos, el que más control tenga en ese momento, muestre la señal al otro y desaparezca de la escena. De este modo, ambos deben mantenerse «alejados» hasta que se hayan calmado, y una vez más serenos, puedan volver a enfrentarse a la situación con el fin de solucionar.

Si estuviéramos ante un tema que no hay manera de resolver de esta forma, mejor dejarlo hasta que sepamos manejar la comunicación funcional (que veremos otro día).

La pregunta en estos momentos es «¿Para qué parar si de esta forma no resolvemos nada?»… Respuesta: mucho mejor frenar que discutir, pelear y guardar más información negativa (incrementando así el nivel de malestar en la pareja). En realidad sí estamos resolviendo: ya no hay caida libre en pareja.

A esto, me gustaría añadir un ejemplo real comentado esta semana en consulta. Con permiso de A.:

Paciente: «¿Y si ninguno de los dos queremos parar?»

Psicóloga: «¿Con qué objetivo?»

Paciente: «Desahogarnos, descargar contra el otro»

Psicóloga: «¿Echarle la culpa al otro de tu malestar (Ira)?»

Paciente: «Sí»

Psicóloga: «¿A qué precio?»

Paciente: (cabizbaja) «Al de poner en peligro la relación»

Psicóloga: «¿Valió la pena?»

Paciente: «No. Él estuvo a punto de irse de casa»

Psicóloga: PUES PARAD.

………………………………………………………………………Te suena de algo???

Otro tipo de duelo.

Dr.Nomad / Foter / CC BY-NC-ND

La mayoría de las personas entendemos que cuando alguien muere, las personas que se quedan sufren. Y ahí “damos permiso” porque está “permitido” a nivel social que esa persona pase por ese proceso de adaptación.

Pero el duelo no sólo se sufre ante la muerte de un ser querido, sino que lo desarrollamos ante cualquier pérdida importante en nuestra vida: una separación, una invalidez, una ruptura de valores…el nacimiento de un hijo con problemas…

Y es ante este tipo de circunstancias (y más, por supuesto) que nos encontramos ante la dificultad de empatizar, de entender, de escuchar…en definitiva, de asistir a personas con estos problemas.

Por eso el motivo de este post, escrito desde el mayor de los respetos, para quien le pueda ayudar a sentir que no está solo.

Esta es una historia real…

Pilar Solana Muñoz
Psicóloga Clínica.

¡QUÉ NOTICIA MÁS BUENA¡

Cuando te decides a agitar las alas de tu cuerpo y salir a volar, es porque piensas que tienes una pareja idónea para tenerlo todo.

Finalmente decidís hacer un viaje a Paris, hacéis todos los preparativos y finalmente la cigüeña llama a tu puerta. Todo transcurre normal, un ambiente de felicidad, alegría, preparativos múltiples.

Llega el día en el que parece que va a llegar, con los nervios típicos y con ilusión acudís al hospital y ups, falsa alarma, de vuelta a casa.

Al día siguiente, otra vez pero esta vez si, por fin llega la buscada criatura. Un parto muy bueno, a término, natural. Cuando ves asomar la carita de tu bebe, bufffff alucinas.

Intentas darle el pecho pues dicen es mejor para tu hijo, pero no acaba de cogerse, no pasa nada, hay leche sustitutiva y es muy buena, además la madre descansará.

Llegáis a casa a los tres. Ni que decir tiene que el mayor vacío que descubres es el que se siente al cerrar la puerta de tu casa los tres por primera vez. ¿Dónde esta el libro de instrucciones? ¿Que debes hacer?

En seguida, ese silencio se rompe de súbito con un llanto. Que pasa? Pues que va a pasar, que tiene hambre, a preparar el biberón. Pero a qué huele? A que va a oler, a la caquita de esa criatura tan bonita. Os amoldáis como podéis y os habituáis a la nueva vida. Que bonito (aunque difícil) todo.

Tu hijo va creciendo, resulta que es mal comedor, vaya, no es que no quisiera pecho, es que es puñetero con la comida, a quién se parecerá.

Pasan los meses y empiezas a notar que tu hijo llora mucho, come poco, por el día duerme lo que no hace por la noche, lo papás cada día más ojerosos, y todos, es normal su papá eran igual. Ves que no habla como los demás niños, todos “pues no se quién empezó a hablar a los 5 años y ahora ya ves…”, otros “tranquilo que cuando empiece a hablar querrás que se calle….”y te lo crees, porque es lo que quieres creer.

Un día el pediatra te envía al neuropediatra, le observa, le hace pruebas, tú sigues inocente pasando los días, y te dicen, es muy pequeño para diagnosticarlo bien, pero parece que tu hijo es AUTISTA.

¿Cómo?

1.- No puede ser, lo que pasa es lleva retraso en el habla. Además, el hijo de Juanito no hablo hasta los 6 años, y ahora no para de hablar, es un orador, es un encantador de serpientes, te vende una rueda para una barca….no, no es posible. (Negación)

2.-Pasa un tiempo, de negación, y poco cambia en tu hijo, tu hijo sigue balbuceando y entre la pareja la distancia es cada vez mayor, pues la culpa tiene que ser de uno de los dos. Y el médico no tiene ni idea, hay que hacer algo.

3.-Qué vas a hacer? Buscas otro médico y te hablan de una doctora muy buena, vais y te da otro enfoque y te dice que tiene la solución y que es sencilla, como quieres creerla la crees, al fin y al cabo es el especialista. (Negociación)

4.-Cambia a la medicación milagrosa y pffffffff, de Guatemala a Guatepeor y en una de las visitas te dice, “es que pienso que tiene un problema neurológico que no sé cuál es, pues le sale todo bien…”. Mazazo al canto, como es que no sabe que le pasa? Al fin y al cabo sabe lo mismo que el otro?

Eras una persona muy creyente y has dejado de creer que puede haber un dios que te haga a ti eso, como puede haber nadie que permita que le pase eso a tu hijo? Tu relación se ha terminado, gotita a gotita se han acabado las fuerzas por luchar por algo que no sea tu hijo. Te encuentras sólo.

4.-Pasan meses y siguen sin haber cambios y te gustaba más como trabajaba y evolucionaba el otro médico. Finalmente, con el rabo entre las piernas vuelves al primer Dr., le comentas (avergonzado) un poco por encima y, comprendiendo la reacción de los padres, dice “tráeme todo lo que tengas la semana que viene y ven con tu hijo.…”.

El tiempo pasa, has conocido a una mujer que no sólo llena los huecos dejados por la otra mujer, sino que llena otros que no sabías que hacía falta llenar y te enseña a vivir y a compartir la vida, a ver el prisma desde otro lado, gracias.

Un día te indican un gran profesional para ver la evolución de tu hijo, lo lleves a un especialista en psicología evolutiva, le reconocen y evalúan la evolución y finalmente te dan la Gran Noticia:

“Tu hijo no es autista”

Respiras aliviado (gracias, piensas)….

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“Tu hijo tiene Parálisis Cerebral Infantil”

Ataques de ira.

Puño cerrado golpeando un pc que describe un ataque de ira en psicología. Pilar Solana blog de Psicología.

El enfado es una emoción que todos nosotros hemos sentido y no “alguna” vez en nuestra vida, sino con la frecuencia suficiente como para estar familiarizados con él. Cada vez que nos sentimos agredidos por el comportamiento de otros, que creemos que han violado nuestros derechos, o los de “nuestra gente”, cada vez que percibimos una “injusticia”, etc. Pero es una emoción con la que convivimos y la mayoría de las veces, pasado un tiempo prudencial, vamos controlando y desaparece.

Pero alguna vez hemos llegado a tener alguna “explosión” de enfado, o lo que los profesionales de la salud mental llamamos “Ataques de ira”. En estos casos el comportamiento que manifestamos no es una simple cara gruñona o un mal gesto de desaprobación…sino que aquí, literalmente, perdemos el control: gritamos, insultamos, damos golpes, lanzamos objetos…cualquier gesto agresivo es poco para mostrar el desproporcionado desacuerdo con el “causante” de nuestro mal humor.

Y es que en esos momentos, lo que en realidad sentimos es odio. Odio que provoca un comportamiento violento como respuesta motora ante la gran cantidad de emociones negativas que nos invaden. Por dentro sentimos que vamos a explotar, que necesitamos sacar todo ese dolor porque de otro modo no podríamos mejorar nuestro estado y eso acabaría con nosotros. Pero he aquí otro problema: la ira sólo nos lleva a más ira. Esto significa que por un lado, si reaccionamos con ira, es fácil que nuestro “oponente” reaccione de forma similar…lo cual nos llevará a una escalada aversiva. Y por otro lado, mientras reaccionemos con ira, nos estaremos entrenando en un comportamiento que solo nos permitirá reaccionar así la próxima vez.

Las consecuencias de los ataques de ira son importantes:
– Hacemos daño a los demás. Los ataques de ira pueden darse ante cualquier “injusticia” y ante cualquier persona, pero sobre todo tenemos tendencia a comportarnos así ante las personas más cercanas, con las que convivimos: pareja, padres, hijos, hermanos…
– Nos hacemos daño a nosotros. Después de todo, nos sentimos culpables, por que hemos hecho daño a personas que nos quieren y queremos mucho. Vergüenza, culpa, son algunos de los sentimientos con los que después tenemos que lidiar, y seguramente no sabremos cómo hacerlo.
– No solucionamos. Empeoramos porque la otra persona nos va a ir teniendo en cuenta este comportamiento, y el perdón cada vez se hace más difícil de conseguir. La confianza se va perdiendo y restaurar estos valores cada vez está más lejos.
– Seguiremos dando este patrón de conducta. Como es una “conducta de seguridad” que damos ante nuestra gran sensación de tensión, nos entrenamos en hacerlo así de mal y cada vez nos va a resultar más difícil reaccionar de una forma adaptativa.
– Pagaremos caro nuestro comportamiento. No sólo porque las personas que nos ven reaccionar así van “etiquetándonos”, sino porque al final acabamos teniendo problemas con nuestros amigos, en el trabajo, incluso a nivel “legal” si hemos provocado algún altercado.

La realidad final es que los ataques de ira son reacciones descontroladas que sólo nos van a traer problemas, de modo que, si te encuentras en estas circunstancias… más vale remediar….

… LOS ATAQUES DE IRA TIENEN SOLUCIÓN. BUSCA UN PSICÓLOGO CLÍNICO QUE TE AYUDE.