Ser adolescente en una pandemia

Adolescentes en pandemia
Adolescencia y pandemia. El difícil camino a remontar.

<<Mónica estaba enfadada porque sus amigas no la comprendían, querían quedar las nueve en el bajo de Bea para ver una película, beber y comer palomitas, le molestaba que la hubieran llamado aguafiestas, y exagerada. Pero Mónica solo pensaba en que su abuelo y su madre eran personas de riesgo. “Ya está, no voy a quedar con ellas nunca más, me tienen harta” y se salió del grupo.>>

Que este 2020 está suponiendo un reto a nivel mundial para todas las edades no es algo nuevo, pero ¿Cómo lo están viviendo los adolescentes?

Han pasado de:

  • No tener que abusar del móvil, a que este se convierta en la vía más recomendada para comunicarse.
  • De comenzar a salir, a detener las salidas nocturnas para ajustarlas al toque de queda.
  • Invitar a toda la clase al cumpleaños, a tener que seleccionar solo 5 compañeros con los que celebrar su día.
  • Asistir todos los días al instituto, a tener que ir días y semanas alternas.
  • Corregir las tareas que mandaron los profesores, a corregir solo “las más importantes”
  • Ir a tocar con su grupo de música/ orquesta, a posponer algunos ensayos y conciertos.
  • Poder, a  no poder realizar la actividad deportiva grupal que han hecho durante años.
  • Ir a casa de los abuelos y achucharles, a no dar muestras de cariño cuando los ven.
  • Relacionarse menos en persona con sus compañeros/as de clase.

Estas son solo algunas de las actividades que han tenido que dejar de hacer o adaptar nuestros adolescentes, sumemos, el confinamiento, las mascarillas, no poder ver las caras de los iguales, y perder información de sus expresiones, la distancia social y la reducción del contacto físico, es decir, no besar, no abrazar, reprimir cualquier gesto de cariño entre no convivientes…

La OMS ya ha calificado las emociones que están sintiendo tanto ellos como los adultos, como “fatiga pandémica” Antonio Cano catedrático de Psicología de la Complutense de Madrid, ha señalado “cuanto más fatiga hay, más cansancio, agotamiento y emociones negativas o desagradables se sienten” lo que producirá mas irritación, menos paciencia y que saltemos antes en las interacciones.

¿Qué podemos hacer? Afrontar, resolver, comunicarnos, apoyarnos, darnos permiso para sentir y dejar espacio a las emociones, pero sobre todo tener paciencia, y comprensión unos con otros. 

Porque ser adolescente, es difícil, pero ser adolescente en plena pandemia, es todo un reto.

Gloria Barranquero 

Psicóloga General Sanitaria CV13797

almapsicologia.com

“No tengo que llorar”

"No tengo que llorar"

“Habían pasado meses, cuando sintió peso en el pecho, la garganta se le hizo un nudo, la respiración se paralizó por unos instantes, y entonces, rompió a llorar.”

Llorar es un instinto, un acto reflejo que cumple diversas funciones. Cuando somos pequeños es la principal vía de comunicación con nuestro cuidador. Y con el paso del tiempo el contexto, la cultura, y el aprendizaje marcarán la diferencia, entre que expresemos nuestro malestar o lo guardemos bajo llave. 

Sabemos también que se liberan sustancias para calmarnos (opiáceos endógenos y oxitocina) y eliminamos aquellas que generan estrés (cloruro de potasio y manganeso) pero sigue siendo un proceso demasiado complejo para reducirlo a unas sustancias. 

Se han realizado multitud de estudios al respecto en las últimas décadas, y se distinguen dos funciones principales: La basal refleja cómo llorar para humedecer el ojo, o ante algo que nos lo irrita o seca, y la función emocional. La más compleja.

¿Qué sueles decir a alguien cuando llora? ¿Le das espacio y le permites expresarse, o intentas tomar un atajo diciéndole que no llore? La mayoría de las veces optamos por el atajo. No es fácil ver llorar a alguien, verle derrumbarse o verle sufrir. Empatizamos y simpatizamos con el otro y queremos que vuelva a estar bien lo antes posible. No nos damos cuenta que hay sufrimientos que no vamos a poder aliviar, situaciones que no podemos solucionar, y aunque una parte muy racional de nosotros ya lo sabe, lo pasa mal e intentando ser de ayuda colma al otro de soluciones prácticas.

Reconozcámoslo. Ver llorar a alguien nos asusta. Es difícil ¿por dónde podemos empezar? 

Tal vez por nosotros mismos.

¿Cuándo lloraste por última vez? ¿Qué te hizo llorar?

¿Cuando cruzas esa delgada línea entre estrés, cansancio, impotencia, y tristeza?

Muchas veces logramos identificar claramente el origen y otras parece que se disuelve entre las preocupaciones cotidianas, otras nos imponemos límites “no quiero llorar por este asunto” .

También podemos preguntarnos por estos límites.

 ¿Me doy permiso para llorar? ¿Los demás me pueden ver llorar?

¿O sigo aguantando todo por dentro porque no puedo pararme por esto?

¿Para que me serviría llorar por esto si necesito una solución?

Descansa.

Quítate la armadura un rato.

Tómate tu tiempo, y deja espacio a las lágrimas.

Que seas fuerte no significa que reniegues de ellas, recuerda la utilidad de estas: calmar, calmarte, ayudarte.

Gloria Barranquero Benavent

Psicóloga General Sanitaria

Col. Nº: CV-13.797

Nos separamos.

mis-papas-se-separanTras el portazo que dio la madre al salir de casa, el padre añadió:

-Estoy harto. Voy a separarme de tu madre.

Juanma dejó de comer los cereales con leche y permaneció en silencio, asumiendo lo que esas palabras significaban.

Miró la puerta cerrada.

Miró la espalda de su padre.

Y miró de nuevo el tazón con cereales.

Se levantó y volvió a la tablet con la que estaba jugando en el sofá antes del desayuno.

¿Qué pasa por la cabeza de un niño cuyos padres se divorcian? ¿Cómo le afecta? ¿Cómo expresa sus emociones y afronta la situación?

Un simple hecho legal, tras el que están horas de reflexión por parte de una pareja, comporta al mismo tiempo, una cadena de sucesos y cambios en todos los niveles de la vida del niño, a los cuales, tendrá que adaptarse.

¿Qué riesgos comporta esta decisión? Son muchas las variables que influyen. Desde cómo se le comunica al menor, la edad y desarrollo de este, el tipo de relación de los padres, si perderá la relación con alguno de los progenitores o familiares, si conllevará cambios de domicilio o escuela. Pero sobre todo, del grado de conflictividad existente entre los padres, el clima de respeto y la capacidad de estos para continuar más allá del divorcio.

La elección del momento es importante. Debe ser en un lugar tranquilo, sin distractores, estando los dos progenitores presentes si es posible, y mostrándose disponibles, para aclarar cualquier duda. Explicarle que la decisión ha sido tomada de forma conjunta, y que ellos no pueden cambiarla; antes de dar todos los detalles de la separación, filtrarlos, preguntarnos: ¿Para qué le sirve está información que le voy a dar?. Hablar de los cambios que se producirán en el hogar y en la vida diaria que le afectan. No mentirles, es preferible responder “Eso aún no lo hemos decidido, te lo diremos” a decir algo que posteriormente no cumpliremos. Pero sobre todo, remarcarle que él/ella no es el motivo por el que se separa la pareja, y que su afecto hacia él/ella no va a cambiar.

El impacto psicológico que produce la ruptura de los padres en los niños,  bien es infravalorado, “lo lleva bien, sólo que últimamente está más rebotado”  ignorándose conductas disruptivas, comportamientos de introversión, etc.

O bien se sobrevalora, pudiendo pasar por alto ciertos comportamientos que hasta ahora se corregían, por el sentimiento de culpabilidad que invade a los padres “no importa, el pobre, ya ha pasado suficiente”.

 

La separación es un momento muy difícil, por ello es nuestra responsabilidad cuidarnos para poder cuidarles, guiarles y apoyarles.

Gloria Barranquero

Psicóloga CV-13.797

www.almapsicologia.com

Cutting en la adolescencia: dolor para el dolor.

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Sara recibió el temido Whatsapp en su móvil.

                                           “creo que deberíamos dejarlo”

De repente sintió cómo su mundo se detenía.

Dejó caer el móvil sobre la cama y fue en busca de la cuchilla de afeitar.

Minutos después, mientras sostenía la muñeca debajo del grifo abierto, recuperaba poco a poco el aliento.

“¡A cenar!” Escuchó que la llamaba su madre.

Se vendó el corte, se cambió la blusa y bajó a cenar con sus padres.

 

¿Qué pasa por la cabeza de esta adolescente que se daña a sí misma?

Seguramente dolor, rabia, frustración, tristeza, culpabilidad…

La mayoría emociones demasiado intensas, para ser capaz de manejarlas. La adolescencia, etapa de rebeldía, de desafío paterno por antonomasia puede ser también una de aislamiento y soledad. En la que el adolescente se plantea el sentido de la vida, a donde conducen las decepciones, porque las cosas muchas veces no salen como esperamos.

¿Por qué lo hace?

Ha aprendido a afrontar situaciones estresantes de esa forma. Como el adulto que se siente agobiado y acude al bar a consumir alcohol, ¿el alcohol resuelve sus problemas? no, pero le sirve como “vía de escape”, un parche temporal.

Autolesionarse funciona de una forma muy similar, en un primer momento, les causa dolor, sin embargo, lo ven como un dolor controlable, algo que pueden manejar, a diferencia de los problemas y las emociones por las que se ven desbordados. Posteriormente este episodio se repetirá, y como un “buen parche” la persona, empezará a asociarla erróneamente como una estrategia que funciona para aliviar la tensión que ha acumulado. En ocasiones variará el tamaño o la profundidad de las heridas, dependiendo de su nivel de malestar.

Como si se tratara de una adicción, lo ocultará del entorno, se sentirá incomprendido y le resultará vergonzoso. Sin embargo no puede dejar de autolesionarse, no se plantea otras alternativas para resolver los problemas o afrontarlos.

En una palabra, sufre.

Gloria Barranquero. Psicóloga CV-13.797

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